Puede asegurarse que cuando un artista, o un individuo relevante en cualquier faceta de la vida, obtiene una personalidad definida, cabe afirmar que se han conjugado dispares elementos en ritmos coherentes. A veces dichos ritmos se disparan desde ángulos insospechados, adelantándose de forma anómala a la totalidad de su ser y desequilibrando su individualidad, su búsqueda hacia una especifica meta, de tal manera que sólo la superación mediante diversos procedimientos y la sostenida vocación canalizan un final propicio. El tiempo, en su más estricto sentido dentro del periplo individual, es la diáfana prueba que muestra un armónico resultado. El tiempo desde cada peculiar libertad íntima.

En el caso de Ángel Aransay el único suceso desequilibrador fue la muerte de su padre, cuando tenía dos años, y la de un hermano gemelo, también a prematura edad. No fue así. Ya comenta Margarita Barbachano que con cuatro años sabia leer, rodeándose "de un universo particular de las mayores proezas, lápiz y papeles donde expresaba su primer lenguaje, al cobijo de una mesa camilla con brasero".

Pero, ¿y el encuentro con su vocación pictórica? El propio Aransay afirma: "La mía es una vocacion tardia. Esa etapa de divertimento la pasé pronto al darme cuenta de que los dibujos que hacía, o las pinturas, le interesaban a más gente. Entonces llegó la profesionalidad no en el sentido de medio de subsistencia económica, sino en cuanto dedicación plena a un asunto". Vocación tardia: durante el bachillerato, un amigo, José Manuel Vallés, abandona su afición por los pinceles y se los regala, empezando a dibujar y a pintar. Primeros cuadros, que ya comienza a numerar, y el año 1962 primera exposición colectiva organizada por Educación y Descanso, con cita en la critica de Ángel Azpeitia. El cuadro una copia de «Las Meninas». Tiene por entonces 19 años. Primeros viajes, a Madrid y Andalucía, y tercer premio, en 1964, del Concurso de Pintura Rápida Fiestas del Pilar. Asimismo, el año 1966 expone individualmente por primera vez, que será en el Centro Mercantil de Zaragoza, con lo cual queda palpable el afianzamiento de su vocación artística. En aquella etapa su obra se caracteriza por un poscubismo, con Picasso presente, para seguir en 1967 con una obra que recoge su admiración por el Greco, siempre de acuerdo al criterio de Ángel Azpeitia.

Y llegan los años 1969 y 1970, que son de absoluta trascendencia para el definitivo asentamiento de su personalidad. Dicha afirmación es manifiesta ante la sucesiva coincidencia de varios datos. Veamos. Durante 1969 su estilo pictórico se define y, al mismo tiempo, se gradúa como alumno oficial en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, Madrid. Antes había estudiado durante tres años como alumno libre en la de San Jorge, Barcelona. Por otra parte, todo 1970 adquiere mayor complejidad. Se consolida definitivamente su línea pictórica y se detecta una completa madurez de pensamiento. Al respecto, son muy significativas las declaraciones vertidas a la prensa. Afirma: "En nuestra ciudad la educación de las masas, en general, es muy baja. Zaragoza es de origen campesino y eso se nota. La sociedad -ya basta de paños calientes- es muy burguesa y conservadora. Las obras amables y decorativas. Esas son las únicas que triunfan aquí, en nuestra ciudad. Después de estos ismos todo oscila ya entre una cultura sensual y otra ideativa. Creo que nuestros pintores desembocarán -todos- en corrientes de tipo ideativo. La pintura del futuro recogerá tan sólo de la actual sus caracteres del humanismo, figurativismo y sensualidad". Cuando se le pregunta: "¿Serviría de mucho una Escuela Central de Bellas Artes en Zaragoza?", responde: "Significarla todo: más facilidades para el estudio. Nuevos artistas, nuevas corrientes, vinculación con el exterior, etcétera". Se detecta la sinceridad de sus afirmaciones, que siguen la postura mantenida como critico durante cinco años. Primero en "Aragón/Exprés", desde octubre de 1970, mediante crónicas sueltas y después, desde abril de 1972, incorpora por primera vez en Zaragoza la página semanal de arte. Con posteridad, enero de 1972 hasta agosto de 1975, ejerce en el diario "El Noticiero". Crítico de excepcional precisión y analítico sin rebuscamientos, su total sinceridad le acarreó bastantes problemas. Se unen, pues, dos singularidades: una pintura lejos de cualquier moda y una sinceridad crítica, de ahí que asegure: "Fui siempre como un lobo solitario, haciendo la guerra por mi cuenta. Posteriormente, con la actividad de critico de arte, me gané pequeñas enemistades por la franqueza con que decía mis opiniones. Y en algunos círculos me coartaron un poco".

Durante los setenta participa en numerosas actividades, como fiel reflejo de una agitada década. En la primavera de 1972 nace la idea de que cada domingo, de 10 a 2, se expongan obras en la plaza Santa Cruz de Zaragoza. Idea que parte del abogado Emilio Larrodé, por entonces miembro de la Junta de la Asociación Cultural El Cachirulo con sede en el Palacio de Tarín, situado en dicha plaza. Aransay interviene en lo que podría definirse como la segunda etapa, iniciada alrededor de 1973. Por otro lado,

participa en asambleas y pintadas, así como en reuniones y firmando manifiestos, como el correspondiente al premio "San Jorge", que motivaría su renovación y el posterior nacimiento del "Isabel de Portugal". Y si en 1979 es llamado, por sus condiciones como muralísta, para presentar unos bocetos, junto con otros cinco pintores, que decorasen el Pilar, proyecto fustrado, la década muy bien puede cerrarse con dos puntualizaciones del pintor. Estamos en mayo de 1980. Por entonces, ya mucho antes, se insistía sobre la muerte del arte, sobre su crisis. Precisamente, se le pregunta si estamos en el final de una crisis, a lo cual contesta:

"Puede que si. Todos los movimientos de vanguardia han sido aceleradisimos. Cada uno fue más breve y más rápido que el anterior. Todo señala hacia la primacía de una pintura conceptual, dando más importancia al papel del pintor que a la realización del cuadro". Mayor razón tiene cuando contesta sobre la "existencia de una escuela de pintura aragonesa", sugiriendo: "Lo siento, pero soy muy escéptico respecto a localismos. Desearía que todo fuera más úniversal. Es muy difícil que existan escuelas localistas, especialmente de arte".

Su ya consolidado prestigio, como pintor y como intelectual, motiva que participe en el "Encuentro de los Artistas Plásticos". Se celebra en Panticosa, del 2 al 6 de julio de 1984, con la asistencia de destacados artistas, críticos y galeristas. La publicación de lo acaecido durante las jornadas es de imprescindible consulta para atisbar los problemas en el mundo artístico. Tras obtener en 1987 el primer premio "lsabel de Portugal", su vida transcurre dentro de los normales parámetros, dado que su personalidad está definida en el contexto de un sincero respeto hacia su persona. Yo así lo detecto.

Según afirmará en 1970, de nuevo se queja, denuncia, la insólita carencia en Aragón de una Facultad de Bellas Artes, de ahí que asegure: "con la etapa de las autonomías, ha ido cobrando un cariz de agravio comparativo que, al parecer, ni la Universidad ni la Administración parecen dispuestas a subsanar". Y sigue: "Otro gran aspecto negativo es comprobar lo poco que se preocupa la sociedad aragonesa en utilizar a sus artistas, desde la carencia del mercado artístico en vendedores y marchantes que la impulsen y en compradores que inviertan en ellas, cuando hay aquí riqueza más que suficiente para ello, y, desde las instituciones, lo poco que se nos aprovecha, tanto en funciones de ornamentación pública como embajadores culturales de los que podrían muy bien presumir como otras autonomías lo hacen con los suyos".

Por lo demás, y sin pretender que yo tenga razón, el texto más impecable de Aransay, el que define con más exactitud cada resquicio de su obra, a la de cada pintor, se publica el año 1987. Su transcripción íntegra es obligatoria. Asegura: "El dibujo es la escritura de la pintura, y así como en nuestras cartas el grafólogo puede rastrear nuestros caracteres sin que las noticias y sentimientos que quisimos transmitir a nuestro corresponsal le distraigan de su análisis impecable, así el estilo se manifestará a quien contemple nuestra obra, independientemente de que los temas sean abstractos o figurativos, cargados de detalles narrativos o de formas alusivas como un sueño. La forma con que cogemos el carboncillo, el lápiz o el pincel, el gesto gráfico que la específica motricidad de nuestros músculos imprime a todos nuestros rasgos, ya sean agresivos, diagonales, envolventes como el hilo de una madeja o cortantes como el filo de un sable, harán que nuestra personalidad quede evidente y desnuda ante la absorbente mirada de los otros, sin poder ocultar los secretos que ni siquiera nosotros sabemos que tenemos, pero que asoman su oscura cabeza entre los pliegues del rayado. La escritura se hace confesión involuntaria, pero gracias a ella somos perdonados de nuestra contingencia".

Humanista radical, basta ver su obra. Pablo Rico le define, con toda razón, como un "pintor erudito". Pero yo me quedo con aquellas frases del poeta Ángel Guinda: "Llamas donde brazos, donde ojos ojivas, el timpano de la frente piedra, los arbotantes hombros, los obuses muslos, los dedos proyección..."

Manuel Pérez-Lizano Forns