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Matrimonio conducente al ser humano como esencial protagonismo en su obra. Será, desde luego, el auténtico y merecido héroe, cual eje vertebrador por donde se detecta, además, quién es Aransay, en el más sincero y entrañable significado. Al respecto, y para mí es muy importante, Rafael Ordóñez ha escrito con exactas frases el inseparable vínculó entre la persona y el artista arrastrado hacia una específica visión. Ya dice: "Pero como desea unos seres humanos enriquecidos por los más nobles sentimientos, que se entregan generosamente a la convivencia creativa y aspiran a defender -quizá de modo más sentimental que filosófico, pero eso importa poco- los sacrosantos principios del humanismo, sin renunciar jamás al inmarcesible tesoro de sus creencias y tradiciones culturales. Ángel ha creado, a lo largo de los últimos años, un mundo idealizado de seres anónimos elevados a la superior categoría de innominados, y apenas diferenciables, representantes del género humano en su estado más puro...". Citaba el año 1970 como referencia en cuanto a una inconfundible línea pictórica por color, planos delimitados, vestimentas envolventes que potencian cada cuerpo, manos alargadas e inmóviles y rostros de suprema elegancia que manifiestan dispares sentimientos. Poderosa quietud general. Pero ahora estamos ante una exposición que recoge lo más relevante desde 1991 hasta 1998. Siempre recordando que en 1987 tuvo lugar la exposición "Aransay, el año de plata", cuyo título evocaba sus veinticinco años como pintor Un período, 1991 a 1998, que contiene temas singularmente diferenciados. El año 1991 expone la serie "Ventanas", que comprende treinta y tres piezas, de las que ahora están representadas cuatro piezas. Son: "Ventana de primavera", "Crepúsculo de verano", "Lucerna en otoño", y "Ventana de invierno". En el catálogo se reproducen por dicho orden, de manera que la trayectoria vital del ser humano, aquí representado por la atmósfera global, se inicia con la primavera, preludio simbólico del vivir, y termina con el invierno, la muerte como final. Cuatro piezas con una ventana como único tema, desde cuyo interior se contempla el cielo. Resulta significativo, por tanto, que para la primavera el cielo se agite con el azul dominante, por rse transformando en paulatinas tonalidades apagadas. En "Ventana de invierno" el cielo evoca por su oscuro colorido y por su aspecto formal a una intencionada abstracción, de ahí que el subtitulo sea "Homenaje a Lagunas", como recuerdo del sobresaliente pintor no figurativo Santiago Lagunas. El año 1993 se caracteriza, salvo excepciones, por el predominio de los grises. Comienza con dos cuadros, "La lucha de gigantes", en los que el movimiento generalizado modela a un tema trabajado con espectante violencia. Además de dos paisajes urbanos, también en grises, y de un excepcional bodegón, por el juego de filiformes vasos y jarras reflejándose sobre el fondo, conviene detenerse en tres cuadros lejos de la anterior temática. Aludo a "Muerte de la bella", con dos piezas, y a "Carmen". "Muerte de la bella" comprende dos visiones secuencias de una figura femenina repleta de hermosura. Su cuerpo, situado en un primer plano, adquiere el natural protagonismo, aquí impregnado de una inefable delicadeza. En la primera visión, un grupo de amigos rodean a la figura, mientras que el padre está representado por un personaje barbado. En la segunda visión, destaca el juego de planos para crear un evocador y envolvente espacio, unión de tierra y cielo, mientras que la poderosa figura masculina simboliza a un pensar impregnado de misticismo. En cuanto a "Carmen" se trata de un retrato con una figura femenina en un primer plano. Cuadro entre los más notables de Aransay. Destacable por la caballera enmarcando el rostro y el cuello, por la ampulosidad de la vestimenta y por el alargamiento anatómico. Siempre dentro de un colorido sobrio, esas luces y sombras, y un forzar la composición para obtener la máxima atracción visual. Hermosa y enigmática. El año 1995 trae un cambio temático, aunque, como es su norma, con el ser humano como gran protagonista. Rostros pensativos y la decisión de un ideal, dramas y miradas interrogándose, lo colectivo y lo individual. Escudos y banderas, sin especifica identidad, sobre los cuales ya sugiere Rafael Ordóñez que "lo más importante seguirá siendo el ser humano, que nunca dejará de ser anónimo y, por tanto, de representarse a sí mismo, por encima de banderas y escudos y también por encima de la Historia, como demuestra aquí, en estas pinturas de Aransay, que todavía y para siempre lo quiere y lo reclama solidario con el dolor y solidario con la alegría". Y si 1997 está representado por "El Hectamerón", con su ineludible carga simbólica mediante los siete círculos para representar los siete días de la semana y en el centro a Platón con guadaña, al año 1998 corresponden varios retratos anónimos exhibidos en la galería Odeon de Zaragoza. Fondos planos, casi monocromos, ventanas por donde la vida entra, o se escapa, y una sencilla mesa, incluso la barra de cualquier taberna, son el escenario por donde transpiran inmóviles toda una serie de personajes, uno por cuadro, fieles representantes de la circunstancia humana. Serios y distantes, perplejos y solitarios, con un vaso rompiendo el tiempo, observan y viven, meditan. Aransay, en definitiva, se víncula a unos estados de ánimo, filtrados por marcada racionalidad, que van dirigidos hacia dispares temas. De su integridad ética, de su curiosidad, emerge reforzado el acto pictórico Manuel Pérez-Lizano Forns. |